miércoles, 8 de abril de 2015

Relato Corto: Operación Roosevelt

I

No tardé en notar las gotas de sudor bañando mi frente por momentos. Sentía la boca seca, como si no hubiese ingerido líquido alguno durante semanas. Mis manos, mis herramientas de trabajo, parecían tener vida propia. No me veía capaz de mantener la calma.

«Respira hondo, Steve», pensé para mis adentros. «Lo estás haciendo muy bien».







Era una manera de relajarme, o al menos eso creía. Pero, ¿a quién quería engañar? Maldecía cada día por haber estudiado medicina. Desde el momento en que me hicieron entrega del diploma, supe que mi lugar no estaba en una sala de operaciones. Y qué decir tiene del puesto que ocupaba, no era precisamente un mísero ayudante de cirujano.

Bien, lo más apropiado sería empezar desde el principio. Y quizás os preguntéis qué hace alguien como yo ̶ joven y apuesto ̶ en un embrollo de tales dimensiones. Primeramente he de confesar que mi nombre real no es Steve, sino Thomas, Thoma Hill. Tengo 28 años. Soy huérfano de ambos padres.Y vivo en un barrio apartado del bullicio neoyorkino.

En fin, como se suele decir, estaba en el lugar correcto a la hora exacta. Como cada jueves, me despedía de la señora Claire tras haber sacado de paseo a Wilson, su Husky. Al final de la avenida, unos tipos con cara de pocos amigos llamaron mi atención. Les notaba cada vez más cerca, podía sentir el hedor que despedían sus cuerpos. Quería correr tanto como mis piernas dieran de sí. Cuando quise darme cuenta era demasiado tarde, ambos armarios roperos venían a mi encuentro.

No hizo falta dialogar demasiado. Tengo que reconocer que me ofrecieron algo que no pude rechazar. Mi vida daría un giro de ciento ochenta grados.

II

Sabía que me estaba metiendo en un buen lío. Aun así, deseché la idea de volver atrás. El quedarme hasta altas horas en la pizzería de Luigi por cien dólares semanales pasaría a la historia. A partir de ahora, nada de trabajos nocturnos para llegar a fin de mes. Había llegado mi momento de triunfo. Podía percibir ya el olor a dinero fácil, aunque de fácil nada.

Llegamos a una gran nave. Tan sólo los focos del Audi A6 en el que viajamos, alumbraban la estancia. El varón de rasgos más rudos y cejas pobladas dejó caer una carpeta sobre el capó del coche. Con un gesto me indicó que la abriera. Yo, que tenía temblando cada centímetro de mi cuerpo, tragué saliva y la tomé entre mis manos. Sólo contenía dos documentos: un carné y un contrato, si así se podía llamar. El carné tenía todos y cada uno de mis datos. Sólo uno parecía desentonar en él: mi nombre. No aparecía escrito Thomas Hill, sino Steve Milton.

Lei en voz baja el impreso, poniendo especial interés en las monstruosas cantidades que me ofrecía el personal.

¿Que cuál era mi papel en todo aquel enredo? Realizar el trabajo sucio a cambio de unos cuantos millones de dólares. Eso sí, nada de violencia. Como buenos caballeros, prometieron cumplir con el trato, si yo también lo hacía. Teniendo presente que si hablaba más de la cuenta, literalmente mi lengua resultaría manjar de sus chuchos. Decidí guardar silencio y encomendar mi misión.

III

El momento había llegado, por fin me encontraba allí. En tan sólo unas horas mi bolsillo estaría repleto de billetes y la paz reinaría en mis días.

Ordené a todos mis auxiliares abandonar la sala de operaciones. Realmente, a la vista de todos debía tratarse de una sencilla operación de cataratas.

Me enfundé de nuevo mis guantes de látex y cogí la jeringuilla del lavabo. Observé detenidamente mi reflejo. Percibí miedo, cobardía y arrepentimiento. Por un momento, hasta visualicé en mi hombros un ángel y un diablo. El primero me aconsejaba con voz celestial perdonarle la vida a aquel pobre hombre, que se encontraba postrado en la camilla. El segundo con el ceño fruncido me incitaba a continuar y prometía recompensarme con grandes lujos.

En ese instante el monitor de constantes pareció decidir por mí. Comenzó a emitir largos pitidos. Fue entonces cuando de un soplido me deshice de mi ángel imaginario para obedecer las palabras del demonio. Me eché la mano al bolsillo y tomé un minúsculo frasco de cristal. Llené la jeringa cinco milímetros y le di unos toques en la punta, dos burbujas traviesas subieron a superficie. Tanteé el antebrazo del paciente, inyectando a continuación el líquido cerca de una de sus venas. Como un profesional, me quité los guantes e introduje los utensilios en el depósito de desechos sanitarios. Me encaminé de nuevo a la camilla y con lágrimas en los ojos musité en el oído del fallecido:

̶ No sabe cuánto lo siento, presidente Roosevelt.


MARTA MORALES

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