Desperté de pronto de un angustioso sueño, que me hacía comenzar el día con una mueca. En él, ocurría lo que todo mortal teme en su primer día de faena: llegaba tarde. Así pues, me enfundé unos tejanos y engullendo de un bocado un par de galletas con café, salí disparada rogando no perder el transporte que salía en menos de diez minutos.
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La voz del megáfono, que anunciaba nuestra llegada, me sacó del ligero trance en el que había quedado durante el trayecto. Siguiendo al colectivo me dirigí a paso rápido a la facultad y me percaté de que el reloj ya tocaba las diez.
Me presenté ante el impresionante edificio y las puertas automáticas se abrieron a mi paso. Con la mirada busqué la sala de actos en la que se celebraría la presentación del curso. Allí estaba, un amplio espacio que tenía cabida para más de cien personas y cuya tarima estaba ocupada por una mesa con micrófonos. Por ellos pasaron hasta cinco profesores del centro, dándonos una y otra vez la bienvenida a sus clases.
De pronto y en medio de la sala, los ocupantes de la misma giraron sus torsos hacia mí. Incómodos susurros conformaron un ambiente de lo más agobiante. Todos comenzaron a apartarse de mí, mientras continuaban los cuchicheos y algún que otro grito. Yo, que no entendía qué estaba ocurriendo, miré asustada a mi alrededor. Hasta que de repente me percaté de qué era aquello de lo que todos huían: todo mi cuerpo estaba envuelto en llamas.
M.M.R.
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